Un consejo sobre el que meditar. O la verdadera negatividad que ahuyenta la felicidad.

Acabo de recibir por correo una frase muy elogiada: “Una vez que aprendas a ser feliz no tolerarás estar con nadie que te haga sentir diferente”. Esta no es más que una de muchas referencias a la importancia de evitar a aquellas personas que nos “hacen” sentir mal, de separarnos de personas “tóxicas” y de no implicarnos con quienes no compartan nuestra capacidad para pensar en positivo.


El problema con este tipo de pensamiento es que apunta a que nuestra experiencia se crea de fuera hacia dentro, es decir, se basa en la superstición de que la presencia de alguien «negativo», nos contagiará y nos desconectará de esa felicidad tan esquiva y frágil, cuando verdaderamente TODAS nuestras experiencias (no las circunstancias) se crean de dentro hacia fuera. Si nuestra felicidad depende de las personas de las que nos rodeamos, estamos afirmando que esta se crea desde el exterior, por lo que también dependeremos siempre de alguna circunstancia externa para experimentarla.

Hace tiempo tuve la experiencia de una pérdida espontánea del primer embarazo. Esta pérdida estaba a años luz de mis anhelos y expectativas en aquel momento, y sin darme cuenta, me fui dejando llevar por mi propia resistencia al acontecimiento hacia un estado de desconexión de las personas cercanas y de mis entornos.
Mi manera de vivir esa circunstancia estaba ahora dirigida por mis pensamientos oscuros. Me resistía a pasar tiempo con mis amistades habituales, y cuando lo hacía estaba ensombrecida. Incluso continuar con mi trabajo, que tanto he amado siempre, era como navegar contra corriente en una barcaza de un solo remo. Y algo más. Recuerdo claramente que mi conciencia lo veía todo, literalmente, a través de una gran cortina de lágrimas que me separaba del mundo.

Sin darme cuenta me había convertido en una nube gris y pensaba que sólo era capaz de proyectar sombras, ¡ahora era una de esas «personas negativas»! Pero mi vida o la Vida o mi suerte, no sé cómo calificarlo, quisieron que viviera una gran «bendición» en esos momentos. Amigos con los que solía pasear o tomar té, y que ahora no sabían qué decir, me acompañaban, silenciosamente. La mayoría no se alejó de la nube gris. Recuerdo una amiga en particular que me abrazaba en arranques de inmensa ternura, otra que había vivido algo similar y empatizaba profundamente conmigo, sin molestarles a ninguno de ellos mi negatividad. Mis adorables hermanas, mi madre, todas se volcaron desde muy lejos, hablando conmigo, escribiéndome, enviándome artículos, libros, enlaces que me ayudaran a superar el trauma pasado y que mis pensamientos insistían en acarrear a todas partes conmigo en el presente. 

Finalmente decidí que necesitaba alejarme una temporada de mi entorno habitual, y viajé a Inglaterra. Recuerdo ir de visita a diferentes familiares, y jamás nadie huyó de la nube gris. Todo lo que recibí fue ternura, consuelo y ausencia de juicio ante mi estado de negatividad. Una de mis hermanas me presentó a una mujer que había vivido una doble mastectomía, una de las mujeres más hermosas que he conocido por dentro y por fuera, y que tampoco huyó de la nube gris. Todo lo contrario, me contó historias mágicas sobre la vida, la pérdida y lo hermoso del ser humano en todas sus facetas. Me habló de nubes grises, y ambas las miramos y pudimos ver belleza en ellas. Empezaba a sonreír.

El punto de inflexión final llegó cuando, estando de visita con una amiga en Londres, y relatándole serenamente la experiencia que había tenido en el hospital, comenzó a llorar. Ella no tenía hijos, no había tenido una experiencia similar, pero se conectó de tal manera con mi vivencia que creo que lloró por mí las lágrimas que quedaban por derramar en la nube gris. Yo la miraba atónita. Lo más curioso de todo es que en el instante en que ella lloró, vi cómo aquella cortina de lágrimas que me impedía ver la vida en color se disipaba y desaparecía para siempre.

Concluyo por tanto con dos breves reflexiones. La primera es que creamos nuestras experiencias acerca de las circunstancias de dentro hacia fuera. Años atrás, conocí a una bióloga que perdió un embarazo. Era una mujer muy práctica. Cuando me acerqué a ella para saber cómo se encontraba, me dijo con naturalidad y sonriente: «La naturaleza ha hecho una buena limpieza. No tenía que ser». Y punto. ¡Qué manera tan diferente de experimentar la misma situación!

Segunda reflexión. Cuando reconocemos que nuestros pensamientos determinan nuestra experiencia, sabemos también que otras personas no nos pueden alejar de nuestra felicidad. A veces son precisamente esas personas las que más necesitan de nuestra Presencia.

De modo que la negatividad que verdaderamente nos aleja de la felicidad no es la de las circunstancias (en este caso, la gente negativa), sino la que genera el pensamiento posterior («esta persona me pone de mal humor»).

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

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4 Responses
  1. Creo que das en una clave importante de nuestro momento histórico actual, y que lo haces entendible y claro: entender que la experiencia se crea de «dentro a fuera» y no de «fuera a dentro» cambiará radicalmente nuestra manera de pensar, de concebir el mundo, de vivir… Gracias por compartirlo. Yurena.

  2. Estimada Yurena,

    Gracias por tu reflexión y por captar con tal contundencia la esencia de lo que deseaba transmitir. Si cada vez somos más personas las que desarrollamos conciencia de cómo creamos nuestras experiencias, seremos cada vez más las que podamos influir para transformar nuestra experiencia del mundo y de la vida para mejor…

    Un abrazo,

    Vanessa

  3. Leo tu post y me maravillo de la sincronía.He estado últimamente reflexionando sobre este tema y tú me has hecho ver la respuesta.
    Muchas gracias,Vanessa.

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