Un síntoma inequívoco de transformación personal

La gente suele asociar el coaching, sobre todo, con un acompañamiento en la consecución de logros materiales tangibles. Y, sí, ese es un aspecto del coaching. Pero sólo uno.

En realidad, uno de los aspectos más importantes del acompañamiento se da en el proceso del cambio interior, en la transformación, y en especial en la mejora de la relación intrapersonal (de cada cual consigo).

El paso a la acción inspirada que la gente asocia con un proceso de coaching eficaz, no ocurre sin más. El paso a la acción inspirada va aparejado con un cambio, aunque sea sutil, en nuestra forma de estar en el mundo, un cambio en la mirada, un cambio en la relación que mantenemos con los múltiples e hipnóticos contenidos de nuestro pensamiento y que a menudo nos empequeñecen. 

Cuando nos empequeñecemos por la mirada limitada, nuestro mundo y las posibilidades que este ofrece también se encogen, y nos alejamos de nuestro potencial – potencial entendido como nuestro poder para crear lo nuevo

Uno de los síntomas inequívocos de que hemos vivido una transformación es que de pronto desarrollamos una mirada diferente, más compasiva, hacia el mundo, hacia las demás personas y, sobre todo, hacia nosotros mismos (el punto de partida).

Lo veo en mis clientes justo antes de lograr un avance hacia sus metas. Lo veo también en la sociedad en general:  el síntoma por excelencia de transformación colectiva es la compasión (expresada esta como solidaridad) generalizada. Y no es que «cambiemos» sino que somos más nosotros mismos: lo superfluo y los pensamientos hipnóticos desaparecen, o pierden su influencia, y de pronto estamos más cerca de nuestra «esencia».

Cuentan que una vez estando un hombre en su casa meditando, entró un ladrón.

-¿Dónde está el dinero? – le exigió el ladrón.

– Allí, en el arcón – respondió el hombre, interrumpiendo su silencio.

El ladrón recogió todo el dinero que encontró y estaba a punto de cerrar el arcón cuando el hombre le dijo:

– Podrías al menos dejarme algo para pagar mis deudas. Y darme las gracias, también.

El ladrón devolvió algo de dinero al arcón antes murmurar por lo bajo «gracias» y salir de la casa.

Tiempo más tarde la policía aprehendió al ladrón y lo llevó a la casa del hombre.

– Hemos atrapado a este sinvergüenza con una cantidad de dinero encima y nos dice que usted se lo dio, el muy canalla.

– Ha dicho la verdad – dijo el hombre. – No sólo se lo di porque quise, sino que además me dio las gracias.

Y el ladrón se transformó al instante.

¿Qué es pues la mirada compasiva?

Es una especie de generosidad espontánea hacia ti y hacia las demás personas.

Es una sensación de estar más presente en todo lo que ves, oyes, haces y sientes. 

Es consciencia, aprecio espontáneo, de lo bello que hay en las cosas y en las personas. Hasta en lo más mundano. Me atrevería a hablar de ternura hacia nuestra experiencia cotidiana.

¿Quiere decir que nos volvemos tontos? No.

¿Quiere decir que desaparecen para siempre las dificultades y los problemas de nuestras vidas y del mundo? No.

¿Quiere decir que abandonamos nuestra capacidad de discernimiento? No.

Pero lo que sí tengo claro es que desde la plataforma que nos aporta la compasión, podemos entender y entendernos mejor, podemos escuchar y escucharnos con más presencia, y lo imposible se convierte en potencial.

Y es entonces cuando fluimos hacia la acción sin esfuerzo.

Es entonces cuando las oportunidades que estaban presentes anteriormente se hacen visibles a nuestra mirada y el «carpe diem» cobra sentido.

Lo he presenciado esta semana en dos de mis clientes: la (auto-)compasión como preludio a la acción inspirada. 

Un síntoma del que, para nada, me importa contagiarme.

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

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