Orgánico vs Mecánico: acoplarnos al ritmo que nos ofrece la vida

Escribo desde Woodbridge, una pequeña ciudad al este de Inglaterra, a menos de dos horas de Londres, donde he venido a recalar desde que cambié lugar de residencia. Hace casi seis meses que partí de Gran Canaria, aunque sigo viajando a la isla para cumplir algunos compromisos profesionales y, en una de estas ocasiones, para asistir a la boda de mi querida amiga Paula. Todas ellas oportunidades para mantenerme conectada a esta tierra y a sus gentes queridas.

Imagen del Río Deben, lugar de inspiración en mis paseos vespertinos por Woodbridge (UK).

Los previos a mi partida supusieron para mí un tsunami emocional (ahora ya puedo contarlo) en cuanto a despedidas incontables, cierres de programas, trámites legales, y todo un ejercicio en abrir las manos y soltar con elegancia, ecuanimidad y sin lucha.

En dos meses reduje mis “posesiones” (ropa, enseres, muebles, libros, ordenador, etc) a una caja «grande», tres pequeñitas y una maleta. Todo lo que no cupo en estas lo regalé. ¿Fue fácil? No. Fue todo un proceso de negociación interna y de desapego que tuve que transitar para poder acometer mi sueño de expandirme profesionalmente en el mundo y trabajar de forma más itinerante, ahora que mi hijo había volado el nido.

Lo hermoso es que cada vez que regreso a la isla, veo con deleite en los hogares de mis diferentes anfitriones y anfitrionas objetos que antes vivían conmigo. Amigos y amigas incluso me envían fotos luciendo tal o cual prenda de ropa, imágenes de plantas rebosantes de salud que nos acompañaron durante años, u objetos familiares en sus nuevos hogares, que hacen que mi corazón palpite de alegría.

Siempre me atrajo la idea de estar itinerante y, a lo largo de mi vida, este sueño se ha ido perfilando de diferentes maneras. Pero, como la mayoría de los sueños, este no se realiza de la manera que tenía planteada en mi cabeza, de forma automática, precisa y sin obstáculos. De pronto despierto y me doy cuenta de que pretender que las cosas sucedan de manera mecánica, pertenece más al ámbito de una película hollywoodiense.

Y entonces recuerdo una distinción importante que descubrí en uno de mis cursos, cuando alguien me hizo una pregunta acerca de la resolución de un conflicto. Este hombre, que tenía a su cargo diversos equipos, quería saber cuál era la fórmula para resolver conflictos rápidamente, pues estos le «comían» su tiempo; estaba convencido de que existía una hoja de ruta que ciertas personas tenían en su poder, y que les permitía zanjar un conflicto con celeridad. 

Explorando con él la naturaleza de los conflictos tuve un momento de insight (de «¡ajá!») y me di cuenta de que los conflictos, como todos los acontecimientos vitales, son orgánicos y no mecánicos: tienen sus propios tiempos, sus propias dinámicas, sus propios procesos que dependen de factores controlables, pero también de aspectos incontrolables.

Independientemente de que poseamos destrezas que ayuden por el camino (escucha, empatía, inteligencia emocional, coraje), que serían los aspectos controlables, el hecho de que cada persona trae una visión del mundo, unos marcos de referencia y una forma de comunicar determinada, de por sí es una muestra de que el proceso no puede ser mecánico sino orgánico, como la vida misma. Si fuera mecánico, resolveríamos todo con la facilidad con la que se aprieta un botón.

Cuando tratamos de “forzar” un proceso vital, llámese cambio, relación, comunicación, sanación, oportunidad, terminamos sufriendo. No creo que encontremos nunca ninguno de esos botones o «fórmulas mágicas» que buscamos para acelerar determinados procesos vitales: encontrar pareja, convertir un proyecto en realidad, crear un cambio interno o externo, hacer que otra persona nos entienda. Eso sí, podemos potenciar que sucedan, pero no se darán de forma mecánica, sino orgánica. De ahí que, sea útil plantearse la pregunta: ¿Esto es un proceso orgánico o mecánico?

Así que, regresando a mi regreso al Reino Unido y a mis expectativas de cómo y cuándo se deben dar los cambios y las oportunidades que deseo crear, me doy cuenta de que, mientras me abro camino, siempre aparece algún obstáculo, algún imprevisto, algún impedimento. El camino se tuerce. O se acaba una parte de ese camino y hay que crear otro. O el camino emprendido inicialmente no es el adecuado.

Ir en pos de un sueño no es un proceso mecánico. Soñar sí. Puedo soñar infinidad de cosas en un instante, crear realidades inimaginadas en un plis plas. Pero crear, traducir un sueño a la realidad, es un proceso orgánico, como la vida misma.

Todo sueño abarca muchos aspectos “controlables”, como las semillas de acción que puedo ir plantando y que van convirtiendo el sueño en proyecto y en realidad. Pero la materialización de un sueño también tiene sus aspectos incontrolables, y son estos los que nos lanzan al Reino del No-lo-sé, que he mencionado en otras entradas. Habitar este Reino, requiere paciencia, humildad y saber que no tengo, ni tengo por qué tener, todas las respuestas. Resistirme a esto me bloquea. Integrarlo, me descansa y abre las puertas a posibilidades insospechadas.

Crear requiere atención. Siempre tengo la impresión de que hay una energía, una fuerza mayor que este “mini-yo”, donde reside el puzzle completo, el plan maestro.

¿Cómo lo sé? Pues no lo sé, pero lo que sí sé es que a menudo insisto en ir por un camino y hacer las cosas de una determinada manera y, por más empeño que pongo, simplemente no salen como yo quiero y espero. 

Asimismo sé que surgen sorpresas en el camino que yo jamás podría haber provocado por mí misma, que parecen surgir de la nada, como dar con la organización perfecta en Londres para iniciar un proceso de colaboración, aparecer clientes de coaching en partes del mundo donde yo no he plantado semillas directamente, o aparecer la persona perfecta que me permitirá llevar a cabo un proyecto que llevo años urdiendo en mi imaginación.

Son los milagros del «hacer» que surgen de manera inesperada del «dejar hacer», y que carecen de lógica alguna. Sólo llego a atisbar que estos milagros nacen del compromiso y de la acción imperfecta, pero dónde está la conexión, se me escapa.

Me viene a la mente un ejemplo que escuché decir una vez. Imagínate una niña que está jugando a conducir en el coche con su abuela. La niña está sentada en el regazo de la abuela, girando el volante con brío. De pronto la abuela ve que están a punto de estamparse contra un poste así que toma control del volante y comienza a guiar ella. ¿Cómo experimentará ahora la niña manejar el volante? ¿Con facilidad o con dificultad? Ese es el quid de la cuestión, porque la respuesta dependerá de si la niña se empeña en forzar el volante o se deja guiar por las sabias manos de la abuela, que tiene una visión mayor.

Y así ha sido mi camino estos meses. Uno de mis coaches siempre decía “sueña a lo grande, pero crea tu sueño en pasos diminutos”. Así es como se construye un sueño. Así es como el sueño asume la forma de proyecto con resultados. ¿Cómo? Doy un paso. Presto atención. Doy el siguiente paso según la respuesta que recibo. Y de nuevo presto atención. Y así sucesivamente.

¿La clave? Acoplar mi ritmo al ritmo orgánico de la vida.

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

About the author

Leave a Reply

Entradas Recientes

Categorías