El muro del valor: transforma tu relación con el “no”

¿Cuántas veces en tu vida te han dicho que “no”? ¿Sigues temiendo a la dichosa palabrita?

Hace unos años la coach estadounidense Nancy Belmont montó en su vecindario un mural al que tituló “Courage Wall” (“Muro del Valor”). En él se invitaba a los transeúntes que terminaran la frase “Ojalá tuviera el valor de_____________”

A Nancy se le ocurrió la idea después de percatarse de que la mayoría de los clientes de su consulta de coach confesaban que temían dar un paso importante por miedo a lo que viniera a continuación, por lo que creó el mural para transmitir cómo, a menudo, pueden más las suposiciones que hacemos acerca de la realidad que el anhelo de ver cumplido un deseo. Y esto es algo que nos une a los seres humanos en general. No hay más que ver el mural en la imagen.

Pero, si tanto anhelamos algo, ¿cómo es que no vamos a por ello? ¿Por qué, a lo largo de nuestras vidas, se quedan tantos sueños y anhelos por el camino? Sobre todo cuando se trata de pedir algo que nos va a ayudar a conseguirlo.

Piensa en todos los avances que has realizado en tu vida. Muchos de ellos han dependido de que otras personas te aporten algo que tú necesitas en ese momento. Y para conseguirlo, has tenido que hacer acopio de valor y pedirlo. Por ejemplo: una cita amorosa, un favor, un aumento de sueldo, un trabajo, un día libre, un cambio de turno, unas vacaciones, una entrada para un evento importante, un préstamo (formal o informal), compañía, formar parte de un grupo o un club, tiempo, y más.

Hace algunos años, cuando estaba iniciándome en mi profesión actual, escribí un mensaje a la Cámara de Comercio local con una osada propuesta de formación en inteligencia emocional para entornos empresariales. Los cursos que se impartían a la sazón eran del tipo “gestión del tiempo”, “nóminas”, “resolución de conflictos”, “contabilidad”… Recuerdo que tenía el corazón en un puño cuando la hice, y que me temblaban las manos al teclear. En mi interior resonaban frases como “¿Quién te has creído tú que eres?” “¿De qué planeta has salido?” “¡Vas a hacer el ridículo!” “Estás a tiempo de parar y de no enviar este mensaje, ¡para ya!”, y similar, acompañadas de imágenes de empresarios y empresarias que me miraban con el ceño fruncido mientras chasqueaban la lengua en señal de desaprobación.

Pero, lejos del “no” que proyectaban mis peliculones en la sala de cine privada de mi mente, el destino quiso que el mensaje llegara a manos de una visionaria que llevaba en aquel entonces el departamento de formación: Eva Cabrera. A los tres días recibí una llamada de su secretaria para invitarme a tener un encuentro con ella. En ese encuentro forjamos el esbozo del primer curso en inteligencia emocional que se daría en una cámara de comercio en España, seguido de muchos más. Una cosa llevó a la otra, empresarios y empresarias que asistían a mis cursos me llevaron a sus organizaciones y así empezó mi trayectoria en el mundo empresarial.

¿Qué habría sido de mi evolución profesional si hubiese hecho más caso del miedo al rechazo de mis peliculones, al no – “Porque tú no eres nadie, renacuaja” – que llevaba dentro?” ¡Todo lo que me habría perdido, tantas personas a las que no habría conocido y experiencias que no habría tenido! 

¡Cuántos significados le adjudicamos a ese simple monosílabo: “NO”! ¡Cuánto poder le damos! ¿Por qué temeremos tanto al “no”, que terminamos por no pedir lo que deseamos y por vivir vidas, o aspectos de nuestras vidas, mediocres?

Algunas respuestas simplificadas (esto da para un libro, pero me moderaré):

  • Pedir nos hace vulnerables. Cuando pedimos algo, estamos reconociendo que otra persona tiene algo que nosotros no tenemos y que deseamos y que, en ese momento, dependemos de ella para obtenerlo. Y es que realmente no nos gusta sentir dependencia sobre otra persona. Pero el caso es que somos interdependientes. Todo lo que hemos conseguido en nuestras vidas, tangible o intangible, ha llegado a nosotros gracias a otra u otras personas. Incluyendo la vida misma. Somos vulnerables e interdependientes.
  • Presuponemos que nos dirán que no. En otras palabras, tenemos la impertinencia de meternos en la mente, en el bolsillo, en los horarios, o en el orden de prioridades de otras personas, y sacamos conclusiones descabelladas acerca de lo que nos responderán. A eso le llamo yo hacer lecturas mentales. Y es que lo vamos a hacer porque nuestro cerebro está hecho para ello (al fin y al cabo, el hacer cábalas sobre lo que podría o no ocurrir si hago esto o aquello nos mantiene con vida ¿no?). Pero, por otro lado, no te tienes que creer todo lo que piensas. Te puedo asegurar que a veces tengo ideas lúcidas y transformadoras. Pero cuando mi mente vaga, piensa las mayores patujadas. ¿Y la tuya?
  • Falta de claridad. A veces experimentamos ambivalencia acerca de lo que queremos, no lo hemos definido claramente, y entonces nos enredamos al ensayar la petición en nuestra mente, por lo que terminamos concluyendo que no vale la pena pedirlo. En este caso, tenemos la oportunidad de ralentizar el ritmo de nuestro pensamiento y explorar con mayor detenimiento lo que deseamos, antes de explicárselo a otra persona para obtener su colaboración.
  • Tememos lo que puedan pensar de nosotros. Esto viene de nuestro pasado evolutivo, cuando nos movíamos por el mundo al amparo de la tribu a la que pertenecíamos. La capacidad de discernimiento en aquel contexto era fundamental para evitar el peligro, por lo que siempre estábamos escaneando el entorno buscando aquello o aquella persona que no “encajara”. Encontrar a alguien que se saliera de las expectativas o normas del grupo podía marcar la diferencia entre la vida o la muerte, pues ser diferente constituía una amenaza que llevaba al ostracismo y a la expulsión de la comunidad, o directamente a la muerte. Y, es que, aún estamos hechos del mismo sistema nervioso con el que operábamos entonces, así que a nivel visceral, de sensaciones, somos similares a nuestros antepasados. La diferencia es que el rechazo en nuestros contextos cotidianos no significa la muerte, pero seguimos dándole importancia. Así que te lanzo esta pregunta: ¿y si le das permiso a la persona a la que le vas a pedir “X” para que rechace tu petición? ¡El rechazo a tu petición es un comentario sobre la persona que dice “no” y sus necesidades, y no sobre ti!
  • Tememos obtener lo que deseamos. Lo cierto es que llevamos incorporado un cerebro dicotómico que anhela el riesgo porque lo necesita para transformar su propia arquitectura y evolucionar, y a la vez lo evita a toda costa. En el ejemplo que compartí al inicio de esta entrada, esto era cierto al 100%: sentía en mí la necesidad de evolucionar y dar un salto cuántico en mi trabajo pero al mismo tiempo temía salirme de la normalidad, alejarme de todo lo que ya sabía hacer en los contextos a los que estaba habituada. Hay una frase que me remueve mucho que es “lo que te trajo hasta aquí, jamás te llevará hasta allí”. Y la repito porque es lo más importante de esta reflexión: “LO QUE TE TRAJO HASTA AQUÍ, JAMÁS TE LLEVARÁ HASTA ALLÍ”Una vez que se me abrieron las puertas para trabajar con organizaciones, tuve que transformarlo todo: cómo impartía la formación, mi lenguaje, los contenidos de mis cursos, el formato de las sesiones de coaching, pues ahora las realizaba con personas en cargos de responsabilidad y con retos diferentes a los que estaba habituada, en definitiva, tuve que reinventar cómo había ejercido mi profesión hasta el momento. Fue lo que me encanta llamar un desafío delicioso, en el que todo cambió para mí. Para llegar a ello, me arriesgué a recibir un “no”.

Cuanto más importante tu anhelo para ti, mayor el potencial para tu transformación. Como decía la escritora Jill Edwards, “puedes tener lo que quieres o tus excusas para no tenerlo”. En otras palabras, todas las oportunidades y todo el potencial están fuera del radar de tu control, fuera de lo que te es familiar, fuera de tus hábitos y rutinas. Y, por regla general, necesitarás aliados para acceder a ellos. Pero te garantizo que adentrarte en lo desconocido te cambiará para siempre.

Por lo tanto, y volviendo a la búsqueda de aliados que nos ayuden a conseguir eso que anhelamos (aquellas personas cuya colaboración necesitamos y a las que tememos pedir lo que deseamos), hazte la pregunta: ¿qué significado le estoy dando al “no”?

Convertimos el “no” en un saco que llenamos de presuposiciones, de emociones encontradas, de películas de terror. Pero “no” simplemente es “no”. Los niños, que son negociadores por excelencia, escuchan un “no” y se frotan las manos: comienza el juego. El “no” para ellos (y “ellos” seguimos siendo nosotros) es un resorte para activar la creatividad: esto no me funcionó, pruebo aquello; esta persona me dijo que no, se lo pido a aquella; esta persona requiere que se lo pida con más cariño, esta con más humor, aquí no ofrecí nada a cambio, allí voy a ofrecer algo... ¿Acaso tú no llevas un niño dentro? No te dejes engañar por tus propios peliculones.

El emprendedor Jia Jiang se propuso un proyecto de 100 días en el que pedía cosas para las que asumía que iba a recibir un rechazo. Aunque por el camino hubo muchos rechazos, los resultados fueron sorprendentes, sobre todo cuando se daba permiso para ralentizar y continuar la conversación, después de un “no”, con curiosidad genuina:

Recuerda pues, el primer paso (pedir) parece el más importante.

Pero realmente es el segundo el que determina el resultado: si te dicen que no, ¿qué harás a continuación?

Pedir lo que anhelas apunta a tu implicación en la vida. Y cada “no” es la evidencia de ello. Si hubieses metido la cabeza en la arena por miedo al rechazo en el pasado, ¿qué te habrías perdido?

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

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