«Gestión de Personas Tóxicas»: una aproximación

Cuando recibí hace unos meses la invitación de facilitar un curso titulado “Gestión de Trabajadores Tóxicos”, dirigido a personas en cargos directivos, decidí ser proactiva y de inmediato propuse a la entidad organizadora un título alternativo. La respuesta no se hizo esperar: “Gestión de Trabajadores Tóxicos” ya estaba aprobado y difundido como tal, y los directivos ya inscritos. Sólo quedaba arrancar. Eso sí, me lo entregaban con carta blanca para decidir los contenidos del curso.

No sé qué te surge a ti al leerlo, pero lo cierto es que el título me pareció inquietante. Sólo leerlo me generaba tensión y rechazo. Trabajadores… ¿tóxicos? ¿Gestionarles? ¿Varitas mágicas? La pretensión de manejar a «personas tóxicas» nace de una serie de presuposiciones que no trataré en esta entrada, la más obvia, que otras personas nos pueden intoxicar, de ahí mi rechazo inicial al título.

Por otra parte, es importante reconocer que el deseo de gestionar a una «persona tóxica» surge de una sensación de hartura, desesperación, o frustración con los modos “desafortunados” de proceder de determinados miembros de nuestros equipos. Pero la verdadera causa del malestar radica en el rechazo o la incomodidad de la propia experiencia interna. Por todo ello, no quise dejar pasar la oportunidad de aportar una visión diferente a esta problemática tan frecuente en nuestras organizaciones así que, después de respirar hondo, muy hondo, decidí lanzarme y aceptar el reto con título y todo, a sabiendas de que, al menos inicialmente, las expectativas de los participantes estarían orientadas a las fórmulas infalibles.

No hay más que dar un breve paseo por internet para comprobar rápidamente, y en cualquier idioma, no sólo que las «personas tóxicas” existen, sino que tienen categorías independientemente de dónde estén situadas en el organigrama: la sabelotodo, el cotilla, la trepa, el saboteador, la negativa, el deprimido, el manipulador, la quejica, el descalificador, la holgazana, la busca-pleitos, el escaqueitor, y más.

Y además se nos asegura que a las «personas tóxicas» (1) se las puede identificar rápidamente y (2) que es posible neutralizarlas con una serie de pasos, a saber: ignorándolas, retirándoles la confianza, no delegando en ellas, excluyéndolas del trabajo o proyectos importantes, vigilándolas, eliminándolas del equipo, interrogándolas de manera confrontativa, cediendo, no cediendo jamás, etc, etc. En otras palabras, se nos invita a eliminar la toxicidad con más toxicidad.

Fuente imagen: Emma Backer @ebax

A colación, me vino a la memoria una historia que relato a continuación:

Unos años después de que terminara la segunda guerra mundial y que cesara la expansión japonesa en el Pacífico, algunos pescadores y barcos de turistas se quejaban de que de ciertas de las islas del Pacífico provenían disparos.

Resultó ser que el origen de estos disparos provenía de unos pocos soldados japoneses que, fieles a su cometido, seguían actuando como espías y guerrilleros en la jungla, pues al dárseles por desaparecidos en combate, no habían recibido notificación del cese de hostilidades. De hecho, varios granjeros filipinos tuvieron que vérselas (algunos perdiendo la vida en ello) con guerrilleros japoneses que, ocultos en las montañas de día, aprovechaban la oscuridad de la noche para robar comida y animales de sus fincas.

El más famoso de estos fue Hiroo Onoda quien, nada más y nada menos que 29 años después de que la guerra terminara seguía oculto en las montañas de la isla filipina de Lubang, a la espera de recibir nuevas órdenes de sus superiores. El fiel soldado continuaba luchando uniformado, con su viejo fusil y espada samurai, anhelando año tras año la llegada de algún superior militar que trajera nuevas instrucciones.

Pero el destino de Onoda cambió de repente cuando en 1974, un estudiante japonés llamado Suzuki decide viajar por el mundo con tres objetivos: (1) encontrar un panda, (2) ver al yeti y (3) encontrar a Onoda. No sé si los dos primeros objetivos los llegó a cumplir, pero lo cierto es que, después de una ardua búsqueda en la jungla (Onoda había alcanzado la maestría en el camuflaje), Suzuki encontró a Onoda y le explicó que la guerra había terminado y trató de persuadirle para que regresase con él a Japón.

Onoda se negó: sus superiores le habían prometido regresar por él, y su deber como soldado era confiar en que así lo harían y, mientras tanto, seguir acatando las órdenes militares originales.

Así que Suzuki regresó a Japón sin Onoda, pero con la noticia de su hallazgo.

Después de deliberar acerca de esta delicada situación, los japoneses decidieron afrontarla partiendo del marco de referencia del fiel soldado. Para ello, contactaron con su antiguo superior, el general Taniguchi, ya jubilado, para que fuese él quien comunicara a Onoda la noticia del fin de la guerra. Y así fue como Onoda, llorando inconsolablemente, atravesó finalmente la jungla de vuelta a casa y entregó su espada samurai al presidente de Filipinas, quien a su vez le indultó por todos sus delitos, dado el juicio erróneo desde el cual había actuado.

Detengámonos un momento aquí en la historia. ¿Cómo proceder con Onoda? ¿Regresar a por él y convertirle en el hazmerreir del mundo entero? ¿Ir a por él y comunicarle que era un necio por no haberse enterado de que la guerra había terminado? ¿Procesarlo por asesinar a los filipinos en tiempo de paz? La respuesta de los japoneses fue generar un acercamiento partiendo de la visión equívoca que mantenía, inocentemente, el soldado sobre la realidad. Y así se hizo, implicando a sus superiores quienes regresaron a por él explicándole con delicadeza lo que había ocurrido y haciendo posible que, poco a poco, Onoda se reincorporara a “la realidad”, actualizando su conciencia de la misma.

Retornando pues a la “gestión de personas tóxicas”, me parece importante tomar conciencia de lo siguiente:

(1) Cuando alguien impacta negativamente en otras personas de la organización, lo hace desde una visión fragmentada de la realidad, es decir que actúa con una visión sesgada y anda metida en su trance, influida internamente por una serie de variables que están estrechando su visión de la realidad. Es como si llevara puesto un velo amarillo que tiñe toda su visión de ese color. ¿No te ha ocurrido alguna vez estar tan enfadado o estar tan indignada por algo, que toda tu atención se reduce y se centra en las variables relacionadas con la «causa» del enfado? Lo puedo reconocer en mí, en infinidad de ocasiones.

(2) Al etiquetar a otra persona como tóxica, la reducimos a una imagen acartonada y bi-dimensional que refleja meramente sus rasgos y conductas más negativos, o sea, los que más rechazo producen. Todas las personas somos complejas y multidimensionales, y somos más que nuestras conductas.

(3) Percibir a un cliente interno como “tóxico” es también una visión fragmentada de la realidad, porque al etiquetarle eliminamos de un brochazo toda una serie de elementos que están presentes como, por ejemplo, otros contextos donde manifiesta conductas ejemplares y que podrían ser indispensables a la hora de conversar o negociar inteligentemente con él/ella .

(4) Si la «toxicidad» es mi punto de partida ¿cómo podré jamás crear una nueva realidad con esta persona? No se puede transformar un problema desde el mismo nivel en que lo creamos, con el mismo nivel del pensamiento original, reza la frase atribuida a Einstein. Piensa en alguna relación con alguien «difícil”  que se haya transformado. La transformación normalmente ha ocurrido cuando el trillado tren de pensamiento habitual ha cesado, al menos por una de las partes. 

(5) Tanto mi reactividad (y reactividad es eso a lo que llamamos “toxicidad”) como la de la “persona tóxica” activan las zonas más primarias del cerebro y hacen que todo, en ambas partes (mente, sentidos, músculos, nervios, potencial), se contraiga y aperciba para atacar, defender o huir. Cuando pienso, tomo decisiones y actúo desde mi propia visión fragmentada, disminuye el acceso que tengo a la plenitud de ideas, recursos e inspiración para actuar en el momento presente de forma innovadora (creando algo nuevo). 

Cuando nos tensamos y nos contraemos podemos “ser” altamente tóxicos y es precisamente desde este “yo» contraído y a la defensiva desde donde emitimos los mayores niveles de toxicidad. Y, como consecuencia desde este “yo» contraído surgen la mayor contradicción y el mayor problema en estas situaciones: termino volviéndome tóxica para tratar con alguien tóxico.

¿Dónde entonces reside la respuesta?

Lo importante es recuperar la capacidad de pensar con claridad y potenciarla en la otra persona. Propongo pues, tres respuestas iniciales, que no soluciones pues las soluciones han de ser personalizadas y contextuales:

(1) Tener la intención de aprender de cada situación. Este marco de referencia es determinante para poder transformar problemas en posibilidades y oportunidades para aprender.

(2) Cuando te encuentres rumiando sobre la «persona tóxica» crea una pausa. Cuando la lavadora de nuestro pensamiento se dispara y el bombo está generando pensamientos a velocidad vertiginosa, ese es el momento en que nuestro pensamiento se vuelve menos fiable y cuando nuestras emociones son más volátiles. Víktor Frankl nos dio una pista cuando dijo que entre el estímulo y la respuesta existe una brecha, un espacio, y es en ese espacio donde radican tu poder y tu libertad. Tu libertad y la mía están profundamente enraizadas en la capacidad de pausar para, desde un nuevo espacio, mirar en dirección no de la toxicidad sino de las nuevas posibilidades, de modo que nuestras percepciones se transformen en algo nuevo y diferente. Tu sabiduría deja rastro, pero desde una mente contraída es difícil de vislumbrar, por tanto, crear una pausa permite un cambio de conciencia y un atisbo a nuevas posibilidades aunque aún no estén definidas.

(3) Respira hondo y suelta el aire despacio varias veces: exhalar lentamente activa el sistema parasimpático, de esta manera nos relajamos, mínimamente, en cuerpo y mente y podemos recuperar la conexión perdida (por la reactividad) con las partes del cerebro mediante las que accedemos al pensamiento elevado, a las ideas creativas y a la empatía y compasión, no sólo hacia nosotros mismos sino hacia otras personas también.

Una pausa te permite regresar a la plenitud del momento presente con todos tus recursos disponibles. Ahora estamos en disposición de volver a pensar y generar nuevas respuestas o posibilidades, e incluso darnos cuenta de que en este momento la mejor apuesta es esperar hasta que la reactividad en la «persona tóxica» disminuya para poder tener una conversación mínimamente coherente. 

Tal y como hizo Onoda podemos, efectivamente, transformar la situación regresando a nuestro centro de sabiduría,  atravesando la jungla de la visión fragmentada para salir de ella, libres de nuestra propia reactividad y toxicidad. Y es entonces que, desde nuestra sabiduría, y con todo lo que sabemos y no sabemos del contexto y de la persona que tenemos delante, surge un espacio para que empiecen a emerger nuevas ideas, nuevas formas de conversar, en definitiva, un nuevo pensamiento que cambie el juego al instante.

¿Quiere decir que tengo siempre que mantener la relación con la “persona tóxica” en mi organización? Ni mucho menos. ¿Que he de resignarme? Tampoco. Pero cuando suelto la visión fragmentada me encuentro con el desafío y la oportunidad de una realidad mucho más amplia y compleja, y pueden aflorar en mí nuevas ideas inusitadas, además de la empatía que me permite ver lo que el poeta Octavio Paz denominaba “los otros todos que nosotros somos”.

Recientemente recibí una nueva invitación para impartir una segunda edición del curso. ¿El título? Gestión de Personas Tóxicas 😉 .

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

About the author

Leave a Reply

Entradas Recientes

Categorías