El estrés como aliado: aprendiendo de las langostas

Hace más de una década acepté participar en un proyecto que incluía una acción formativa que se convertiría para siempre jamás en el antes y el después de mi experiencia como facilitadora. Mis clientes eran un grupo de altos ejecutivos y, aunque ya tenía la experiencia de trabajar con directivos en pequeños grupos y todos de la misma empresa, en aquel entonces no había trabajado con un grupo tan numeroso, tan diverso y exigente, y durante tanto tiempo seguido (meses).

Los primeros días fueron una pesadilla para mí. Por ser breve, por ejemplo, yo decía «A» y ellos decían «B». Yo decía «C» y ellos insistían en «D». Se quejaban de su trabajo, de sus propios jefes y jefas, de sus usuarios, del horario del curso, del tráfico, de la política, de todo lo relacionado, y más, con su carga laboral. Cualquier momento era un estímulo para dar rienda suelta a la reactividad, a la insatisfacción y a un cúmulo de emociones que pugnaban por manifestarse de la manera más visible posible.

 No sé si a ti te pasa lo mismo, pero a veces me ocurre que vivo una situación adversa (inesperada, incómoda y totalmente no deseada) y me enredo en el mundo del pensamiento: fuerzo soluciones, nado contracorriente y termino agotada.

Pues así fueron los primeros días de este programa: llegaba a casa tarde, frustrada, más enfadada conmigo que con ellos, y tensa. Pasaba horas urdiendo nuevas maneras de llegar a este grupo tan especial. Pero no hubo forma. Y es que, con mi pensamiento los había convertido en antagonistas contra quienes luchar y a quienes «dirigir» hacia las soluciones. Y así había terminado atrapada en un círculo vicioso del que no sabía cómo salir. Y lo sabía. Claro que estaba más «verde» y era más inmadura personal y profesionalmente entonces.

Como sabes, la langosta es un animal blando que vive en un caparazón duro y rígido que no se expande. Así va creciendo la langosta, el caparazón se vuelve muy limitante y la langosta se siente «presionada» e incómoda.

Entonces, ¿qué hace la langosta? Se oculta en las rocas para protegerse de depredadores marinos y se desprende del caparazón antiguo para dar paso al nuevo que había estado creciendo debajo.

Pasa el tiempo, la langosta continúa creciendo y ese caparazón ahora se vuelve incómodo también, por lo que el animal repite el mismo procedimiento: se oculta en las rocas y se desprende del caparazón opresor para dar paso al nuevo.

Aquí puedes ver una langosta azul mudando de caparazón.

El estímulo para que la langosta crezca es la sensación de incomodidad. Curiosamente, el rabino Abraham Twerski dice que si la langosta tuviese un médico jamás crecería porque en cuanto se sintiese incómoda, acudiría a su doctora y ésta le recetaría un trankimazín. El animal se sentiría nuevamente «bien» y posiblemente jamás se desprendería del antiguo caparazón.

El caso es que yo también decidí liberarme del caparazón opresor.

Sabía que quería volver a «servir», pero no sabía cómo. Sabía que la ansiedad de proporcionar al grupo «todas» las respuestas y soluciones a sus quejas y problemas, en lugar de facilitar el proceso de exploración que les permitiera llegar a ellas por sí mismos, me había dejado extenuada y en un túnel a oscuras. Me había alejado «de casa».

Así que una noche, después de una jornada de tensiones «habituales», llegué a casa y me hice dos sencillas preguntas:

¿Qué es lo que puedo empezar a aprender yo, en este momento, de este grupo de personas? Y ¿cómo les puedo servir para que empiecen a generar sus propias respuestas a sus particulares problemas y necesidades?

La primera respuesta fue darme cuenta de que había estado armando tanto ruido en mi cabeza «tratando» de ser la profesional con todas las respuestas, que había dejado de fluir, de traer presencia, de escuchar con la intención sincera de comprender y de ser la aliada del grupo, en lugar de la profesional con todas las respuestas. La segunda respuesta era que casi me había convertido en una contrincante y lo peor de la situación era que si yo «tenía» todas las respuestas, ¿qué confianza podía tener en ellos, y ellos en sí mismos? Era el momento de volver a ser «faclitadora», para facilitar el camino en lugar de enredarme en él con ellos.

Y así fue que tomé una determinación: soltar mi rígido caparazón, dejar de dirigir y empezar a acompañar, escuchar de verdad, no para tener «respuestas profesionales» sino para verdaderamente comprender, y explorar y generar nuevas posibilidades juntos.

Y así lo hicimos: desde la sabiduría infinita y no desde unas rígidas expectativas. Juntos, poco a poco, generamos un nuevo ambiente, con más pausas, menos quejumbre y más creatividad, y algunas de las respuestas comenzaron a emerger, primero en forma de posibilidades y luego en forma de nuevas decisiones.

Al final de este largo curso habíamos mudado de piel varias veces y no siempre de manera cómoda. Pero algo se había transformado en todos nosotros. Nos habíamos deshecho de los caparazones antiguos y habíamos crecido.

Como decía la escritora Maya Angelou, para llegar a la luz a veces hay que atravesar el túnel al completo, sabiendo que este tiene su propio camino.

Y así, te invito a plantearte la siguiente pregunta: si la adversidad que estás viviendo en cualquier momento no fuese enemiga sino aliada ¿qué podrías aprender a través de ella? Y una más: ¿qué caparazón, o forma de andar por el mundo, ha quedado obsoleto y puedes ir soltando ya? Regresa al primer vídeo para inspirarte :).

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

Gracias a David Lynch por compartir el vídeo del Rabino Dr. Abraham Twerski, quien a su vez se encontró el artículo sobre las langostas en una revista en la consulta del dentista (aquí en inglés).

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