Entrenando a nuestro samurái interno

Cuenta una historia zen que un guerrero samurái acudió a un maestro y le pidió que le enseñara dónde encontrar las puertas del cielo y del infierno.

El maestro miró al guerrero de arriba abajo y le espetó:

¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra? ¡Mírate! ¡Eres la vergüenza de tu linaje! ¡Estás asqueroso! ¡No das la talla de un guerrero samurái!

El guerrero, incandescente de ira, alzó su espada veloz para acabar de un tajo con la insolencia del hombrecito.

Justo en ese momento el maestro le señaló y dijo serenamente:

– Esa, es la puerta del infierno.

El samurái, en un instante de profunda clarividencia, bajó la espada, y con el corazón lleno de gratitud se arrodilló conmovido.

Y esa – dijo con la misma serenidad el maestro -, esa es la puerta del cielo .

Si eres como yo, imagino que pasas muchos momentos de tu día ante las puertas del cielo y otros tantos ante las del infierno. Y si tú y yo somos como el guerrero samurái, queremos conocer el camino a la puerta del infierno para evitarlo y el atajo a la puerta del cielo para llegar a él sin demora. 

Imagen: Clément M.  @cmreflections

Cuando existe una amenaza real a nuestras vidas, se pone en marcha un poderoso mecanismo de supervivencia en nuestra fisiología. Este mecanismo es una especie de piloto automático interno que nos permite tomar decisiones sofisticadas y realizar verdaderas proezas para poder poner a salvo nuestras vidas o las de seres cercanos. Y debido al chutazo de adrenalina que recibimos somos capaces, en piloto automático, de trepar un árbol con la rapidez de un simio, defendernos con la fuerza de un rinoceronte, y correr como una gacela si hiciera falta. Y sin apenas mediar pensamiento consciente.

La paradoja es que este sofisticado sistema, el piloto automático, también se activa cuando las películas que proyectamos interiormente son tan reales que nuestro propio cerebro se las cree y las cataloga de amenaza real. Y repito: son peliculones, especulación, suposiciones. Pero al cerebro le da igual porque lo que le importa es nuestra supervivencia y, por tanto, pondrá en marcha todos los mecanismos de lucha o huída ya sea la amenaza real o imaginaria. Y, en el caso del peliculón, pasaremos a experimentar ansiedad, tensión, ira, o miedo aún no habiendo un motivo real para ello.

No es lo mismo que alguien te insulte (“Eres una incompetente”), que alguien te insulte a la vez que corre hacia ti blandiendo un cuchillo en la mano y con los ojos desorbitados.

En el ejemplo del simple insulto verbal, la puerta del infierno se abre en cuanto pasamos al automático: a la reactividad. Si hemos entrenado a nuestro cerebro a creer que la amenaza en cualquiera de los casos es igual de real, nos encontraremos activando continuamente el automático, actuando de manera reactiva, mecánica y muy, pero que muy, torpe en el caso del peliculón porque habremos confundido realidad con ficción.

La identidad es algo ficticio que hemos creado en base a nuestras historias y experiencias vitales. Y no peligra cuando alguien te insulta, porque tu identidad sólo existe en tu mente. Pero nuestra mente, ese departamento de efectos especiales, hace que parezca tan sólida, tan real, nuestra identidad que un insulto se convierte en una amenaza igual de sólida y real cuando no lo es.

Y como nuestro cerebro no conoce la diferencia entre una amenaza real y una amenaza imaginaria, si no lo entrenamos a pausar para tomar consciencia, pasaremos buena parte de nuestra existencia en automático, no sólo reaccionando, sino sufriendo y haciendo sufrir.

Esa es la enseñanza para el samurái que tú y yo llevamos dentro. Su infierno: el piloto automático que se activa ante la amenaza imaginaria a su identidad. Simplemente le faltó esa diminuta pausa interna que le permitiera reconocer: “¡Ah! Esto que estoy experimentando viene de un pensamiento que no me tengo que creer!”

Su cielo, por otra parte, no es la serenidad en sí, sino la capacidad de pausar para discernir. La serenidad y la claridad mental nacen de esa pausa.

En la pausa, donde no sucede nada, sucede todo.

Y es en la pausa donde recuperamos la capacidad de re-conducir para volver a nuestro centro, a nuestra claridad innata, e influir positivamente en nuestra experiencia.

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

Próximos eventos:
Sábado 6 de octubre:

Sábados 20 y 27 de octubre:

About the author

Leave a Reply

Entradas Recientes

Categorías