El CORAJE de Ser Tú

“En tu vida física, el mayor miedo es el miedo a la muerte.  En tu vida intelectual, el mayor miedo es a equivocarte. En tu vida material, o digamos profesional, el mayor miedo es a la pérdida. En tus relaciones, tu mayor miedo es a la soledad. En tu vida espiritual, y el miedo número uno que tienen todas las personas,  es el miedo a lo poderosas que somos.”  Thom Shea

 

Hace unas mañanas, cuando regresaba de mi baño matutino en la playa, me encontré con la señora de la limpieza del edificio ocupada en sus menesteres. Como siempre, nos saludamos y paramos a charlar un rato. Después de contestar cómo iban ella y sus cosas, ya a punto de seguir mi camino, me pregunta, “¿Y tú? ¿Cómo va todo?” A lo que respondí, “Feliz. Un día más de regalo. No todo el mundo tiene un hoy, hoy.”  Nos sonreímos.

Ya me había dado la vuelta para tomar el ascensor, cuando se me acerca y en voz bajita me dice: “Es verdad lo que dices. No quiero ser aguafiestas pero, esta mañana a un vecino de mi edificio, un señor mayor, se lo encontraron muerto. Entró en su casa anoche y falleció mientras dormía.” Acto seguido cambia de expresión. “Así que, es verdad. No todo el mundo tiene un hoy, hoy.”

Últimamente pienso mucho en las fuerzas disruptivas de la vida. Y me doy cuenta de que todo puede ser una fuerza disruptiva: desde un atasco en el tráfico cuando vamos con el tiempo justo para llegar a nuestro destino hasta los cambios en nuestros seres queridos, sobre todo los buscados por ellos y no por nosotros: mayor independencia en nuestra pareja e hijos/hijas,  nuevas rutinas que no nos incluyen y demás. 

También están [léase esto con un susurro] “las otras”, las fuerzas disruptivas mayores. Las innombrables, las impensables, … hasta que nos tocan. Los tsunamis.

Pienso en todo lo que hacemos para evitar los tsunamis, esas fuerzas disruptivas que siempre van a estar ahí, entretejiendo el tapiz de nuestras vidas, aportando matices, relieves, colores y transformando nuestros paisajes internos y externos.

Pero donde me quiero centrar en esta reflexión no es en las fuerzas disruptivas que nos sobrevienen, sino en aquellas que buscamos y las que evitamos buscar, aun a sabiendas de que las necesitamos y que no aparecerán a menos que las provoquemos.

Recuerdo cuando decidí dejar atrás por amor todo lo que consideraba “seguro”: el país donde vivía, mi familia, las posibilidades de seguir prosperando en un sistema laboral familiar. Sin ninguna garantía. Y sin los medios tecnológicos actuales que nos mantienen continuamente en conexión. Y justamente el año anterior acababa de dejar un trabajo seguro, para poder dedicarme a viajar y formarme para hacer lo que hago ahora, profesionalmente. No obstante, di un salto al vacío con los brazos abiertos y en ese salto, en ese instante, y de alguna manera, renuncié a tres cosas:

  1. Mi identidad. En muchos sentidos dejé de ser quien había sido (o querido ser) hasta entonces. Dejé de ser la “hermana mayor” sabihonda, la “hija” que tiene siempre su vida resuelta, la docente rebelde que trabaja dentro de un sistema ordenado y a la vez incómodo. Dejé de levantarme cada día sabiendo – aproximadamente, claro – lo que este me podía deparar. Dejé atrás la gran ciudad (Londres) con todo lo que esta me ofrecía. Y dejé de saber quién era con certeza.  Momentáneamente, pasé a ser “nadie” en un sentido amplio de la palabra. Y digo amplio porque cuando no eres nadie tienes a tu disposición todas las posibilidades. Ser “nadie” es como quitarse un ropaje antiguo y estar ante un armario repleto de opciones… si quieres ser un nuevo alguien, claro.
  2. La certeza. Renuncié a la certeza de saber que a mi cuenta bancaria llegaría siempre el mismo ingreso a fin de mes. La certeza de los horarios. La certeza de un sistema fiscal conocido. La certeza de que mis amigos y amigas de siempre iban a estar cerca (aunque la llegada de la tecnología nos volvió a acercar). La certeza del éxito (me iba relativamente bien). En definitiva, solté amarras y me dejé mecer en brazos de la Incertidumbre. Pasé de la sensación de tenerlo todo controlado a la contraria: cada día era un nuevo comienzo en el que, si quería ver crecer frutos, tenía que plantar semillas. Y fue así como en el proceso de adentrarme en la incertidumbre, mi creatividad afloró.
  3. La comodidad. Las fuerzas disruptivas, aun cuando buscadas, son incómodas, dolorosas a veces, pues en el proceso del reajuste surgen emociones y sentimientos muy intensos y contradictorios: entusiasmo y miedo, ánimo y frustración, esperanza e impaciencia, serenidad y ansiedad. Además, a pesar de estar rodeada de gente maravillosa, inicialmente me sentí muy sola. ¿Por qué? Pues porque la experiencia interna del cambio no la podía vivir más que yo. Podía hablar de ella pero ¿vivirla? Yo sola. Y a pesar de haberme criado en la isla (me mudé a Gran Canaria), me sentía tremendamente vulnerable. Pero, poco a poco, desde ese espacio de vulnerabilidad, desarrollé la capacidad de acoger toda una gama de emociones, algunas de ellas desconocidas o poco familiares, y a ser paciente con ellas y conmigo.

Con el cambio, y al renunciar a una identidad rígida, a la certeza de lo conocido y a la comodidad de una existencia fácil, creé una nueva relación, una nueva ocupación, me abrí a nuevas experiencias, a nuevas amistades, descubrí talentos y destrezas desconocidos en mí y en otras personas, y, por el camino, la vida nos hizo su mayor regalo, otra vida, un hijo. 

Entonces, si las fuerzas disruptivas pueden ser fuente de cambios positivos, ¿por qué no las propiciamos? Me atrevo a especular que nuestro humano cerebro, con la mejor de las intenciones, no está orientado a la pérdida de los aspectos mencionados, la identidad, la certeza y la comodidad, sino todo lo contrario. Nuestro organismo busca mantener una identidad, la certeza y la comodidad, para asegurar nuestra supervivencia.

Todo lo que nos mueve en dirección contraria a lo predecible es una fuerza disruptiva, es decir, una fuerza que rompe con lo establecido. Y ante las fuerzas disruptivas surge la mayor de las protecciones: el miedo. El tema es que el miedo está bien para los tsunamis reales, pero ante los imaginarios, nos empequeñece y empobrece.

Luchamos contra tantos tsunamis imaginarios que al final el miedo monta caseta en nuestras vidas y esto es lo que ocurre…

Fuente imagen: Leio McLaren @leio

Tememos hablar en público (mi antiguo miedo número uno), tememos pedir lo que necesitamos, tememos expresarle nuestro amor o interés a una persona, tememos soltar una relación marchita, tememos dejarnos amar, tememos disculparnos, tememos iniciar una nueva actividad (bailar, viajar solos, hacer parapente, aprender ruso, practicar senderismo con gente nueva), tememos decir que “no”, tememos propiciar una conversación significativa, tememos ser alguien nuevo o, peor, que alguien querido elija serlo.

¿Por qué motivo? Por miedo. Miedo a que nos juzguen, miedo a hacer el ridículo, miedo a que el resultado no sea el esperado, miedo a perder, miedo a ganar, miedo al descontrol, miedo a gastar (aunque me sobre), miedo a que nos digan que no, miedo a que nos digan que sí, miedo a que nos rechacen, miedo a que luego no nos guste (¿y qué?), miedo a “hacerlo mal”, miedo a hacerlo bien y que nos envidien, miedo a lo que piensen. En definitiva, miedo a estar vulnerables. Y con el miedo en el cuerpo mantenemos el estatu quo.

Mantenemos el estatu quo porque la función del miedo es precisamente mantener la armonía y el equilibrio de nuestra existencia, impidiendo que pasemos a la acción y generemos con ello peligro, conmoción o agitación en ella. ¡El miedo está para que evitemos hacer aquello que nos da miedo! Y, sin embargo, no sé tú, pero mis momentos más significativos son aquellos en los que más vulnerable me he sentido.

Pero, he aquí el quid de la cuestión: el miedo se transforma (no necesariamente desaparece), al pasar a la acción disruptiva. ¿Disruptiva de qué? De lo que consideramos “normal”. ¿Qué es normal? ¡Pues realmente no hay nada normal, más que aquello a lo que nos acostumbramos!

El reto entonces está en transformar continuamente la definición de “normal”, porque cuando la actualizamos, nos actualizamos también.

El miedo no se transforma sólo con entender su origen, sino con la acción imperfecta, esa que no viene con garantías. Por ejemplo, si temo volar, entender que el miedo viene de mi mente y de no conocer los datos estadísticos acerca de la seguridad aérea, me puede ayudar, pero aun más me ayudará saber lo anterior y, con ello, arriesgarme a volar.  

Leí recientemente que los budistas sostienen que el miedo es una reacción que surge cuando nos acercamos a la verdad. ¿A qué verdad? Cada cual sabrá. Para mí esa verdad es la que producen las fuerzas disruptivas.

Una vida carente de riesgo, nos mantiene empobrecidas, empequeñecidos, pero al invocar a las fuerzas disruptivas no sólo nos movemos en dirección de lo que más tememos, sino a menudo también en sentido de lo que más nos ayudará a crecer, a disfrutar o a transformar nuestras vidas por dentro y por fuera. En definitiva, nos movemos hacia nuestro potencial.

No todo el mundo tiene un hoy, hoy. Pero si estás leyendo esto tienes, en la vida que llevas dentro, un mundo de posibilidades para explorar.

Si deseas ahondar en nuevas posibilidades, mi próximo (y último en Gran Canaria en 2019) taller abierto al público este año, El CORAJE de Ser Tú, podría ser para ti. 

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

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