Integrar al yo desatendido

Una de las aspiraciones más comunes que escucho en mi trabajo es el deseo de “gestionar” las emociones. Y a mí siempre me hace sonreír esta expresión, “gestionar”, asociada a las emociones, pues la relaciono a lo que hacemos las personas en las organizaciones para poder cumplir objetivos: gestionar recursos, gestionar acciones, gestionar reuniones, gestionar departamentos, pero… ¿gestionar emociones? ¿Cómo se gestiona una emoción? Y la pregunta más importante, ¿de dónde nace esta necesidad de gestionar nuestras emociones?

No sé si te ocurre a ti, pero encuentro que las experiencias emocionales más intensas hacen que a veces tenga la sensación de ser invadida por fuerzas que están más allá de mi control, y entonces vivo estas sensaciones físicas tan intensas de forma confusa, tratando de huir de la incomodidad que producen.

Creo que esta es la tendencia más común en nuestra cultura: tratar la energía de determinadas emociones con suspicacia o desprecio, como “lo otro” que poco tiene que ver con nosotros. Y para asegurar que las emociones más difíciles de tolerar no interfieran en nuestras vidas, en nuestros planes y en nuestras acciones, buscamos “gestionarlas”: eliminar, reprimir o ignorar esa ira, esa tristeza, esa frustración que abruman, a través de nuestros frágiles cuerpos, todos nuestros sentidos y nublan nuestra capacidad de razonar cabalmente. Esta sensación de pérdida de contacto con la razón es, cuando menos, alarmante.

Aquello que llamamos emoción es herencia de nuestro pasado evolutivo, y ocurre como resultado de estar vivos. Nuestro sistema nervioso es un sistema de protección ante las posibles amenazas a nuestra supervivencia en entornos potencialmente hostiles. Pero la interpretación de lo que es amenaza en nuestros modernos entornos es mucho más amplia. Nuestra pareja se retrasa en una ocasión importante y nos enfurecemos. Una amiga nos critica y nos avergonzamos o sentimos dolor. Un ser querido muere, una relación termina y sentimos tristeza ante lo que interpretamos como pérdida. Estar viva significa experimentar la vida en todos sus matices y colores.

Cada una de nuestras emociones, sin excepción, es la expresión de nuestra energía vital, una estela que deja atrás cada pensamiento. Y cada una de ellas es tan parte de nuestra naturaleza humana como lo son cada una de las hormonas que fluyen por nuestra sangre. En otras palabras, si estamos vivos ¿cómo no experimentar regularmente felicidad, tristeza, miedo, enfado, placer, y no ya en función de nuestras circunstancias sino de la vida misma?

¿Cómo pues aprovechar el potente caudal de nuestras emociones? ¿Cómo acoger nuestra experiencia vital con la mirada integradora de forma que cada emoción quede incluida, deje de ser «el otro» y se convierta en “los otros todos que nosotros somos”, como decía el poeta Octavio Paz?

Cada vez que cerramos nuestros corazones y nuestras mentes a las distintas verdades, corrientes o sensaciones del momento presente, nos alejamos de la plenitud de la vida que llevamos dentro. Y la ironía es que al tratar de eliminar, reprimir o ignorar estas corrientes utilizando nuestro pensamiento para ello, terminamos generando nuevas emociones o más de las mismas y así ad infinitum exacerbando su presencia sin eliminar nada.

Cuentan que en la antigua Grecia existía una orden secreta conocida como la Academia del Silencio, a la cual era muy difícil acceder. Los miembros de la academia se reunían a diario, incluso varias veces al día. Esta peculiar orden tenía una regla fundamental: el silencio. Había que mantenerlo en todo momento, por lo que sus miembros se comunicaban de forma casi imperceptible, con sigilo y discreción.

Un día llegó una forastera a la Academia y, por medio de señas, pidió hablar con el Gran Maestre. Al cabo de unos minutos apareció el Maestre a quien la forastera, por medio de señas, comunicó que deseaba ingresar en la orden como miembro.

El Gran Maestre asintió y acto seguido y en un lenguaje silencioso, hizo traer un cáliz y una jarra de agua aparte. Con gran ceremonia y muy lentamente el Maestre comenzó a verter agua en el cáliz. Cuando ya no cabía ni una gota más, dejó la jarra de agua sobre la mesa, introdujo el dedo índice de la mano derecha en la misma y lo extrajo mojado.

Ante la expectación de la forastera, el Gran Maestre desplazó la mano derecha sobre el cáliz y esperó. Poco a poco, en la punta del dedo índice se fue condensando la gota de agua hasta que prácticamente colgaba de la punta del dedo. Finalmente, esta se desprendió y fue a caer en el centro del cáliz desplazando, al estar totalmente llena la copa, algo del líquido al exterior, derramándose al pie del cáliz.

Entendió de esta manera la forastera que el cupo en la Academia estaba lleno y que debía irse. Se inclinó brevemente con una sonrisa ante el Gran Maestre, giró sobre sus talones y se retiró.

A las pocas horas estaba de regreso la forastera. De nuevo pidió comunicarse con el Gran Maestre. Al rato apareció este con el ceño ligeramente fruncido. Entendiendo el propósito de la forastera, volvió a pedir que le trajeran un cáliz y una jarra de agua. Sin apartar la mirada de la forastera, comenzó a verter agua en el cáliz y continuó incluso cuando este estaba ya lleno de modo que el agua se derramó en la mesa.

Una vez más, la forastera con una leve sonrisa y una, aun más leve, inclinación desapareció por donde había llegado para reaparecer unas horas más tarde con la misma solicitud.

Algo irritado ya por este vaivén, el Gran Maestre acudió a su encuentro. Otra vez hizo que le trajeran el cáliz y la jarra de agua. Una vez más comenzó a verter agua hasta que el cáliz estuvo lleno. Entonces dejó la jarra sobre la mesa, introdujo una mano en su bolsillo, extrajo una piedra y ante la sorprendida mirada de todos los presentes, lanzó estrepitosamente la piedra en el cáliz, desplazando de forma algo violenta buena parte del agua que en él había.

La forastera permaneció quieta mirando el cáliz y el agua derramada alrededor. Sonriente, se dio la vuelta y salió, para reaparecer a los pocos minutos con una sonrisa aun más radiante. Los miembros de la Academia que seguían con cada vez más interés estos intercambios volvieron a llamar al Gran Maestre. Este apareció enrojecido y resoplando. Volvió a llenar el cáliz de agua hasta arriba, introdujo la mano el el bolsillo, extrajo una piedra aun más grande que la anterior y elevó el brazo en ademán de lanzarla con más furia aún que la vez anterior.

Pero esta vez la forastera lo detuvo interponiendo una mano entre el Gran Maestre y el cáliz. De forma muy pausada, sacó un pétalo de rosa de entre sus ropajes y, con exquisita delicadeza, lo depositó sobre la superficie del agua sin desplazar ni una sola gota del líquido.

La forastera fue admitida unánimemente en la Academia.

Fuente imagen: Jeff Speigner, flickr commons

¿Cómo entonces, y citando a Gandhi, presenciar la música de la mente sin ahogar la música del universo?

“Integrar al Yo desatendido es el segundo taller del programa de siete talleres “Sortear el Laberinto Interior» que tendrá lugar hoy jueves 4 de febrero de 17:30 a 20:00 en Tafira, GC.

En esta charla-taller interactiva, exploraremos paso a paso el proceso que te permitirá comprender mejor tu vida emocional y confiar en la energía en movimiento (e-moción) que fluye a través de ti, sea cual fuere su intensidad. Exploraremos lo que ocurre en nuestro cerebro cuando somos víctimas de un secuestro emocional y cómo volver a recuperar nuestro centro. Experimentarás el resultado de aliarte con tu mundo interior con compasión y valentía para poder experimentar plenamente la vida que llevas dentro.

Si deseas conocer mejor tu mundo emocional este taller podría ayudarte. Para reservar plaza, por favor llama o envía wassap/sms al 695 672 867 para comprobar disponibilidad. Puedes pagar en la puerta (35€).

¿Nos vemos allí?

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

About the author

Leave a Reply

Entradas Recientes

Categorías