Hogar dulce hogar: regreso al lugar del corazón

Hace dos veranos mi cliente Cris (llamémosla así), a la pregunta “¿Qué es lo más importante que te llevas de nuestros encuentros?” respondió algo que no olvidaré nunca:

“Lo más importante que he descubierto es que me tengo a mí…, me tengo a mí” – dijo casi susurrando y llevándose una mano al corazón.

Estuvimos un momento en silencio sintiendo el eco de sus palabras.

A menudo siento que lo que subyace a una buena parte de lo que hacemos en nuestras vidas es algo tan sencillo como desear tener una experiencia de nosotros mismos. Y es probable que pienses, “¡Qué ridículo! Si paso el día conmigo, ¿para qué voy a querer tener una experiencia de mí? ¡Ya la tengo!” 

Pero, ¿realmente es así?

El poeta místico Thomas Merton escribió una vez que la forma más insidiosa de violencia en nuestras modernas vidas son las prisas y la presión, el permitir que nos arrastren una multitud de preocupaciones conflictivas, rendirnos ante el exceso de exigencias, comprometernos con un sinfín de proyectos. Todo ello, decía Merton, es sucumbir a la violencia y alejarnos de nuestra paz y sabiduría innatas, alejarnos de casa, de nuestro hogar.

Creo que mucha de la sed que tratamos de saciar a través actividades de todo tipo, de relaciones, de técnicas para esto y lo otro, no es más que una expresión de la sed que sentimos por tener una experiencia profunda de nuestro ser esencial.

El tren de pensamientos que hace las rutas por nuestras mentes, y al que pasamos el día subiendo y bajando, las prisas y el hacer continuo vienen a reflejar lo que escuché una vez en una película cuando la protagonista señala lo ocupado que está el protagonista y este le responde intencionadamente: “Una vida llena de ocupaciones da la impresión de una vida llena de sentido”.

El problema no es la vida llena de ocupaciones. Nada tiene de malo estar activa en la vida cuando nos permitimos sentir la vida que llevamos dentro. Pero, generalmente, cuando nos apresuramos nos tensamos, y cuando nos tensamos nos contraemos. Considéralo, sólo podemos correr tensando, y cuando nuestra experiencia vital se reduce a esto nos alejamos de nuestro ritmo natural, esencial y relajado.

Un incesante correr de un lado a otro hace que nuestra capacidad de resonar con el mundo que nos rodea, disminuya. No perdemos esta capacidad sino que nos alejamos de ella, dejamos de apreciar la belleza de lo cotidiano, y en lo cotidiano están incluidos nuestros actos, las personas y cosas que nos rodean. En otras palabras, nos alejamos de casa, de nuestro hogar.

Volver a casa es regresar a nuestro centro, donde están nuestras raíces, un lugar que jamás olvidamos, un lugar que reconocemos instantáneamente porque en casa nos reconocemos como verdaderamente somos: paz, bienestar y una mirada expansiva e integradora. Pero en el frenesí de la prisa y actividad continuas, en el frenesí de subir y bajar de los distintos vagones del tren del pensamiento y de creernos que todos sus contenidos son reales e importantes, terminamos por desahuciarnos a nosotros mismos, como decía el poeta irlandés John O’Donohue.

Fuente imagen: Thomas Hawk, Flickr

¿Y dónde está exactamente ese lugar recordado? En el centro del laberinto. No hay más que mirar adonde apunta la pregunta: al lugar recordado. Recordado, del latín recordare, re: de nuevo, y cordis: corazón. Volver al lugar del corazón. He ahí nuestro hogar. Y es fácil saber que hemos vuelto porque nos convertimos en esa paz, en bienestar, en sabiduría infinita, nos reconocemos como tal y la búsqueda continua cesa.

Finalmente, antes de irse, le pedí a Cris que anotara la frase en el papelógrafo de la sala con letras mayúsculas, de modo que toda persona que pasara por allí pudiera leerla. Y así lo hizo. Con letras bien grandes Cris nos recordó:

ME TENGO A MÍ.

Y en el mes que la frase estuvo visible, a nadie dejó indiferente.

“Que todo lo no vivido en ti florezca como un futuro agraciado con amor”. John O’Donohue.

Gracias por tu Compañía.

Y mucha Luz en tu Camino.

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